Durante años, Fredrik Gertten ha seguido una misma pista: el poder que no se ve. Lo hizo cuando investigó a la multinacional Dole en BANANAS!, cuando analizó el lobby automovilístico en Bikes vs Cars, y lo vuelve a hacer en Push, su documental sobre la financiarización de la vivienda.

En nuestra conversación, Gertten insiste en que el problema no es local, ni coyuntural, ni cultural. Es estructural. “La vivienda ha dejado de ser un lugar donde vivir para convertirse en un activo financiero”, explica. Esa transformación lo cambia todo. Cuando el precio depende más de flujos globales de capital que de los salarios locales, el mercado deja de reflejar la realidad social.

El patrón se repite en Nueva York, Berlín, Barcelona o Toronto: fondos de inversión compran vivienda en masa, la retienen, la reposicionan como producto premium y generan escasez artificial. El resultado es desplazamiento, desigualdad y pérdida de comunidad.

Lo interesante del enfoque de Gertten es que no habla desde la teoría económica, sino desde la observación documental. Como nos explica, el dinero global no tiene rostro, pero sí consecuencias. Y esas consecuencias son visibles en barrios vaciados, alquileres imposibles y jóvenes expulsados de su propia ciudad.
La cuestión de fondo es política: ¿pueden las ciudades gobernarse a sí mismas cuando el capital inmobiliario opera a escala planetaria?

En Donostia, donde el precio por metro cuadrado supera ya los 6.000 euros, la pregunta no es abstracta. La ciudad ha sido declarada tensionada. El acceso a la vivienda es hoy el principal factor de expulsión demográfica. No estamos ante un fenómeno natural; estamos ante una arquitectura financiera.

El mérito de Gertten es conectar puntos. No habla de casos aislados, sino de un modelo económico que convierte derechos básicos en vehículos de inversión.

El debate ya no es técnico. Es democrático.

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